Lapaz es nuestra

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El bombazo que despedazó a 21 personas este viernes (20 cadetes de la Policía y aparentemente el conductor del carrobomba) deja un panorama desolador cuyo horizonte va más allá del dolor que produce la escena de los cuerpos destrozados. Peor aún, va más allá de nuestras fronteras nacionales.

 

El comunicado emitido por el ELN en el que acepta y justifica el ataque a la escuela General Santander pone las cosas en una situación que acepta el compás que ya evidentemente había buscado el gobierno del presidente Duque: acabar los diálogos para intentar, como se intenta desde 1965, la vía militar.

Una situación similar a esta, la de un golpe demasiado grande a las fuerzas armadas como para que pasara sin consecuencias de igual calibre, ya se había vivido en la negociación con las Farc cuando esta guerrilla mató a 10 soldados en una vereda en Buenos Aires, Cauca, lo cuál obligó al gobierno Santos a reanudar los bombardeos que habían sido suspendidos.

Con la contabilidad monstruosa de la guerra, 27 muertos en un bombardeo de retaliación permitieron equilibrar la balanza, dándole nuevo espacio político al gobierno que tuvo la habilidad de moverse de forma tal que no permitió que el proceso se quedara sin salidas. La gradualidad de las acciones siempre le permitió un margen de maniobra, aun cerca al precipicio.

 

Pero esta vez es diferente. Un ELN parado en unas líneas dogmáticas sin asidero seguro en el mundo real y un presidente montado en un discurso partidista que cree en la tan probada como inútil vía militar, muy buena para ganar votos (pues la guerra siempre es más vendible que la paz) pero muy mala para gobernar un país que necesita salir del atraso y la corrupción, que muy bien saben ocultarse tras los cañonazos.

Por si le faltaran ingredientes al caldero, está el gobierno Trump tratando de derechizar la región, alineando a los vecinos de Venezuela para derrocar al “espantoso gobierno Maduro” y aislar a sus amigos. Muestra innegable de esto último se encuentra en el absurdo pedido del gobierno colombiano al gobierno cubano para que “entregue a los terroristas” –diciendo que “este gobierno no ha firmado ningún protocolo”, como si se tratara de pactos entre personas y no entre instituciones formales, para matricular a los cubanos como “protectores de terroristas” y de paso cerrar la posibilidad de cualquier mediación internacional a la situación.

 

Ningún favor le hizo el ELN con este acto barbárico de guerra a esa Colombia que no acepta la muerte y el dolor como camino en la construcción de un país posible.

Si poca era la disposición del uribismo para cumplir los puntos de el Acuerdo de paz con las Farc o para defender la vida de los líderes y lideresas sociales que matan como a patos en las regiones ante la lángida mirada del Presidente, menos va a ser posible ahora, cuando -como quedó demostrado en la “Marcha contra el Terrorismo”-  cualquier posición que no sea el apoyo ciego al gobierno será interpretada como “apoyo al terrorismo”.

Nos ha regresado este bombazo y la necedad del gobierno, como muchos querían, a los tiempos en que había que callar so pena del señalamiento de “guerrillero de civil” ante el menor disentimiento de la historia oficial. Para la muestra el botón del ministro de Defensa exigiendo ante micrófonos que no se le pidiera explicaciones sobre las omisiones y falsedades de la versión de los hechos pues “no es el momento”. ¿Cuándo será el momento?

 

De cuenta de esta bomba se recrudecerá, si no actuamos con fortaleza, la violencia paramilitar contra los líderes y lideresas sociales en busca de consolidar a sus candidatos en las elecciones regionales que vienen, así como el desplazamiento causado por el incremento en la ferocidad y recurrencia de los combates y bombardeos. Ya conocemos a qué sabe ese camino de “mano dura” que la última vez que se escogió causó un incendio que tardó 15 años en apagarse.

 

Se le dice terrorista al grupo armado que no tiene cómo comprarse un bombardero como manda “la decencia”. Pero, sépanlo, los muertos quedan igual de despanzurrados con una bomba de 500 lbs lanzada desde un Kfir o con un carro bomba con 160 lbs de explosivo. No se muere más decente ni es menos indiscriminado el espanto. Sáquense eso de la cabeza.

 

En nuestro conflicto interno, según cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica, el 82% de las víctimas fueron civiles, gente desarmada. Somos nosotros por tanto, si es que estos dos actores no tienen la grandeza histórica de construir un país en paz, los llamados a ejercer la presión para obligarles a volver a sentarse a la mesa. Es a nosotros los desarmados a quienes nos corresponde ahora, en estas horas oscuras, convocar a la razón, a la cordura, pues somos nosotros quienes hemos pagado con sangre este dolor inmemorial.

La paz es nuestra, porque la guerra y sus consecuencias también lo han sido.

 

Bogotá, enero 2019.

 

 

 

 

 

 

 

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El testigo nos pregunta

La imagen de una niña morena, de pelo desordenado y ropa de tierra caliente, de no más de 4 años, sosteniendo la cabeza de un pollo sarabeado contra su boca y nariz, como buscando en el olor de sus plumas un lugar conocido mientras sus ojos miran a la nada, podría pasar como una imagen bonita sobre la inocencia de la niñez. Pero estamos en la exposición El testigo de Jesús Abad Colorado y el texto a su lado le va a hacer a uno un nudo en la garganta con la tranquila ferocidad de quien dice una verdad que uno no quisiera oír:

La mujer del sombrero y sus hijos iban a embarcarse en un avión DC 3 junto con otros sobrevivientes de la matanza.
No podían llevar sino un pequeño maletín de ropa
La niña se acercó y le preguntó al funcionario de la Cruz Roja Internacional:
“¿Ud me deja llevar la pollita? Es que es un regalo…”
El hombre, con lágrimas en los ojos, le dijo: “Llévala”

La foto fue tomada en mayo de 1998, en el corregimiento de Puerto Alvira, en Mapiripán (Meta), durante el desplazamiento forzoso producido por el asesinato, lista en mano, de 18 campesinos, incluida una niña de 6 años y su familia.

Como ella, cada imagen de las víctimas de cada masacre, de cada emboscada, de cada ametrallamiento, con bombas caseras o con sofisticados bombarderos, en los pueblos, en los campos, en los montes, en los ríos, cometidos por guerrilleros, paramilitares, militares o policías, en fuego directo o cruzado, con intención o por error, como testimonio inocultable del horror que por casi 60 años permitimos, ejecutamos, ordenamos, padecimos, ignoramos o justificamos.

Las balas de las armas en manos de un mismo pueblo enfrentado, dejando un rastro infinito de sangre y lágrimas, de poblaciones destruidas y funerales en masa.

En medio, contra lo que quisieran sus victimarios, la gente levantándose, intentando por encima del dolor mantener hasta el final la esperanza, para poder fundar de nuevo la vida: un matrimonio llevándose a cabo en medio de las ruinas de un pueblo, un día después de una toma guerrillera; una nevera al hombro por entre la trocha, un colchón amarrado y los pocos animales que se puedan llevar.

Y al mismo tiempo, con la sombra de la muerte a cada paso y el rostro endurecido para enfrentar el día que vendrá… que no saben sí será ahí dónde el fotógrafo los vio o en otro lugar. Esperando haber huido por última vez y no como aquella niña -de otra foto- en la Comunidad de Paz de San José de Apartadó que llora entre las raíces de un árbol por no querer volver a huir, por cuarta vez, a sus nueve años de edad.

Con todo y lo que se esmera Jesús por evitar lo explícito en sus imágenes -“para no convocar el deseo de venganza sino buscar la reflexión y la empatía para no repetir esta tragedia”-, el dolor y la desazón se apodera de uno sin poder evitar ponerse en el lugar de los retratados, con las preguntas que gritan esa fotos a nuestra conciencia: ¿cómo pudimos llegar hasta allá?¿qué nos hizo tan indolentes, tan capaces de tanta monstruosidad?¿dónde estábamos que no tuvimos idea de la dimensión de este dolor?

Al final de la exposición, como un respiro, las imágenes del proceso de paz con las FARC y todos las afugias de su parto, que hasta en la antesala de su firma estuvo a punto de caer. Las manifestaciones, las movilizaciones de la tropa guerrillera, el referendo y las marchas para recuperar el Acuerdo.

Dejan las imágenes de El Testigo en uno la certeza de que esta guerra, como todas las guerras, no le da a ningún actor armado la oportunidad de tener la razón y mucho menos de tener bondad en sus acciones. La guerra como tal, se constituye en un ser que se posesiona de sus ejecutores poniéndolos en un baile, una borrachera sangrienta, que una vez acaba su redoble no puede nadie entender cómo llegó a hacerlo.

La exposición está montada en Bogotá, en el Claustro de San Agustín, en la esquina adyacente a la Casa de Nariño con un gran cartel en la fachada, de manera que el Presidente Duque y cada funcionario o particular que vaya a reunirse con él no pueda decir que no se enteró de este ejercicio de memoria, que más que recordar, nos cuenta, por primera vez a muchos, lo que fue realmente esta guerra.

El Testigo, tanto la exposición como el documental que se exhibe en cines, son una palmada en la cara para hacernos caer en cuenta de la tarea pendiente y un abrazo esperanzado, como esos cielos estrellados en los lugares que vieron los combates, como esas personas con  nombre y apellido que Jesús revisita pasa saber de sus vidas.

En estos tiempos, en que medio país insiste en creer que podemos mantener nuestro curso de inequidad, repitiendo enceguecidos que la paz es simplemente la entrega de los fusiles por parte de las guerrillas, que el nuestro es un relato de Caínes y Abeles, las fotos de Jesús Abad son las caras de las víctimas de esta guerra, la cara de la niña con su pollo sarabeado, mirándonos de frente, preguntándonos si ya hemos aprendido la lección y vamos a apagar finalmente este fuego o si necesitamos un nuevo ciclo de 20 años de violencia para volver a intentar ser un lugar digno para que la vida florezca.

Bogotá, octubre 2018

Platón, última hora  

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“Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Louise Glück

 

 

María Caicedo Muñoz, integrante de la Asociación de Mujeres Campesinas de Argelia, Cauca, había sido secuestrada por encapuchados armados. Los compañeros que la encontraron tras cuatro días de búsqueda en una orilla del río Micay tomaron una foto de su cuerpo enredado en las ramas, flotando boca abajo, como un testigo de su dolor, como una denuncia de tantas que de seguro no llegaría a interesarle a nadie más que a ellos y a la familia de María. La imagen fue divulgada por muchos -yo entre ellos- con ese mismo reclamo, pero no fue sino hasta que Gustavo Petro puso un trino de su cuenta dirigido al Presidente de la República que hubo fuerte interés mediático.

El escándalo, en contravía de lo que un observador externo podría pensar, no fue por el crimen, ni por la increíble cifra de líderes sociales asesinados, ni mucho menos por la pasividad de las autoridades ante estos hechos. Fue, en cambio, porque “Petro hacía un uso político de la imagen irrespetando las víctimas”. “Se puede decir lo mismo sin ser tan crudo, tan amarillista” dijeron los más moderados.

No se tomaba en cuenta que esta vez eran las víctimas las que denunciaban con la cámara de un celular su dolor; saltándose la barda moral de un tercero (el fotógrafo o el medio) llegaban directamente hasta nosotros, nuestra indolencia y nuestros prejuicios. Pero ¿fue el escándalo por la foto un asunto de ética o de moral acomodaticia?

 

Aproximarse a la verdad o la justicia de un hecho es un acto riesgoso, en el que quedar en el lugar equivocado es siempre la mayor posibilidad, más si tenemos presente que cuando la realidad se nos pone delante, inmediatamente intentaremos compararla con lo que ya conocemos para poder ponerle una etiqueta y clasificarla, describiendo esa realidad desde nuestra ideas ya aprendidas. “No vemos las cosas como son, las vemos como somos” afirma el Talmud con simple precisión.

Nuestras verdades aprendidas son cómodas rocas inmóviles de pensamiento que nos defienden del peligro de cuestionar los paradigmas en los que nos movemos, del riesgo de darnos cuenta que hemos vivido equivocados, que quizá alguien nos ha enseñado verdades que no son. Y que les hemos creído.

 

Mandamientos morales como el de no mostrar la víctima de un asesinato y hacerlo a través de elementos simbólicos tienen sentido en cuanto a que las familias de las víctimas no tienen que verse expuestas a una revictimización permanente de cuenta de la foto publicada. Y claro, nos exime a los demás de la ambigua sensación de placer morboso y repulsión por la violencia. Pero ¿debe ser esta autocensura del “muertos no” una regla absoluta?¿a quién más, además de los familiares y a nuestros escrúpulos le es funcional esta autocensura?

La foto fue publicada digitalmente por algunos medios –referida siempre al asunto de Petro- con una viñeta de desenfoque sobre el cuerpo de María. ¿cómo habría actuado este mandamiento de la prensa actual con fotos como las de la guerra de EEUU contra Vietnam? ¿Habrían desenfocado a Kim Phuc, la niña que corría desnuda quemada tras un bombardeo de napalm contra su pueblo?¿habrían omitido la foto del monje budista que se auto inmolaba incinerado o la del comisario que ejecuta con un revólver a un guerrillero en una calle de Saigón? ¿Su decisión habría sido por las víctimas, por nuestra sensibilidad o por la conveniencia de un poder que no gusta de que veamos lo que significa hacer la guerra?

 

Pero bueno, que no sea el cadáver de una persona, que tal vez es que nos hemos vuelto sensibles para nuestro bien. Digamos que son las imágenes de las multitudinarias marchas estudiantiles. ¿por qué es tan difícil conseguir de esas marchas en los medios masivos de información una imagen distinta al del encapuchado que grafitea una pared –siendo ellos la excepción y no la regla- mientras en las redes sociales y en los medios alternativos la nota predominante son las multitudes de muchachos y las palizas que el Esmad les propina?¿cuál es la razón que hace que valga más para la gran prensa la excepción de la pared rayada que la regla de la cantidad de gente o del abuso policial?¿nos quieren salvar de la disonancia cognitiva que nos puede ocurrir cuando nos enteremos un día de que las marchas son otra cosa distinta a la que nos han enseñado?

 

La verdad “verdadera” es siempre elusiva y tiene como mínimo tantos relatos como observadores o actores de la misma hayan. Hay que construirla desde las muchas opiniones posibles para tratar de entenderla en su promedio, con todo y las mentiras o equivocaciones que puedan contener esas opiniones.

En el futuro, eso que llamamos verdad hoy será tan absurdo como ahora nos resulta la idea de la Tierra plana. Esas verdades de hoy hablarán de lo que ha sido nuestra sociedad, tal y como lo hacen las manchas de un test Rorschach sobre quién es un paciente. Lo que él diga de las manchas no está en las manchas sino en su cabeza, en su corazón.

 

La comunicación digital y las redes de información de las que se vale, para bien y/o para mal, le han puesto fugas al sistema y en este ahora no es tan posible ser el dueño absoluto de la verdad, pues esta circula por canales que aún no han sido capturados del todo por el mismo sistema.

Los medios de comunicación masivos y sus caras, los periodistas estrella, propiedad y empleados respectivamente de conglomerados económicos, tienen hoy en las redes sociales y en los medios de comunicación alternativos, rivales de cuidado que les exigen constantemente con evidencia demoledora, imparcialidad informativa y compromiso con otras realidades y discursos, aunque estos no favorezcan a los dueños del balón.

 

Aunque vayamos por ahí a la manera de los platónicos que preferían la pureza de las ideas frente a la vulgaridad de la experiencia real, negándonos a aceptar la observación si esta contradice a las ideas “lógicas”, explicando de maneras creativas los hechos o incluso, a la manera de los fundamentalistas religiosos, pidiendo respeto para nuestra fe, igual las redes estarán ahí para controvertir nuestras creencias con pruebas.

Tal vez sea tiempo de, para no solo darle palo a Platón, buscar la manera de escapar de la caverna y las sombras que hemos creído la realidad, intentando no simplemente confirmar nuestras creencias o ganar una discusión para beneficio de nuestro ego sino tratar de entender una realidad para tranquilidad de la conciencia.

La Tierra no es plana como nos lo indica nuestra intuición incompleta sino redonda como lo muestran la observación más detallada y las imágenes que tenemos de ella. Claro, a menos que prefiramos ponerle un desenfoque a la foto para no herir susceptibilidades.

 

 

 

 

Y viceversa

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Tengo miedo de verte 
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte…

Mario Benedetti 1920 -2009, Uruguay

Esta estrofa del poema de Benedetti, Viceversa, con el que gente de muchas generaciones ha descrito sus sentimientos adolescentes (como son todos los enamoramientos, adolescentes) a la hora de un amor de resultado incierto y contradictorio, serviría también para describir esa desazón, esa alegría y ese susto ante las posibilidades que se juegan este domingo en la elección presidencial colombiana.

Como cualquier adolescente, Colombia enfrenta de nuevo un “por primera vez” en su camino político: por primera vez desde 1970 el país tiene la posibilidad cierta de escoger entre dos opciones verdaderamente opuestas en todo aspecto, en todo origen, en toda posibilidad. Claro, entonces se robaron las elecciones y la guerrilla que surgió de eso duró 20 años hasta que en 1991 terminó por crear una nueva Constitución.

Por primera vez desde 1964 –cuando se inició el conflicto armado que recién ahora hemos conseguido detener- el país enfrenta la posibilidad de una elección presidencial (casi) sin el ruido de las ametralladoras y las bombas en el ambiente y sin la posibilidad de ser señalados sus ciudadanos como terroristas, o auxiliadores de la subversión, pues la principal guerrilla ha entregado ya sus armas y se está reincorporando a la vida civil.

Por primera vez desde 1934, cuando Alfonso López Pumarejo realizó su Revolución en Marcha, el país tiene la posibilidad de hacer cambios de transición de su modelo social para tratar de remediar la desigualdad, germen de toda nuestra tragedia. Aunque esa esperanza fue combatida con ferocidad y terminó, años más tarde en el asesinato de Gaitán y el consiguiente incendio sangriento del país, llegando hoy, según la ONU en Colombia, a ser el tercer país más desigual del mundo.

 

Un lugar desconocido y -viceversa- conocido hasta la saciedad. Un adolescente de 200 años, que siente como una primera vez lo que ya ha vivido muchas veces, un conjunto humano al que su viejo lado de derechas le dice “no lo hagas, que son comunistas, ateos, come-niños, mata-curas, que te van a quitar todo y te van a volver homosexual” mientras su viejo lado de izquierdas le dice “hay que hacerlo pero tendremos que defenderlo a muerte” mientras sus partes más jóvenes sonríen y saltan esperando por los mínimos de educación gratuita y reconocimiento de diversidad que sus amigos extranjeros les dicen que son normales en otras partes.

 

No les faltan razones a ninguno, la verdad. Nadie en Colombia hasta hace solo 4 años (un parpadeo en la vida de una nación) había conocido este país como es ahora. Nuestra historia, inscrita dentro del concepto de la guerra perpetua de baja intensidad contra “el enemigo interno comunista”, extra sazonada ella con la distorsión del narcotráfico dueño de su propia guerra y su propia podredumbre, siempre fue una colección de horror desquiciado, hecha de héroes y villanos, de bombas y emboscadas, de desaparecidos, secuestrados, voladuras, asesinatos y contrasesinatos, de militares, paramilitares y subversivos –fusiles todos en fin- de pobreza general y opulencia localizada, de “sálvese quién pueda”, de “no digas eso”, de “deje así”, de “eso no se puede” y de “basta ya”. Todos infinitos, todos desesperanzados, todos a grito herido, a los putazos, pidiendo auxilio, desgarradores y lacerantes. Un país de sobrevivientes, en fin, que han hecho la vida como si nada ocurriera.

Y vienen a la cabeza Jorge Eliecer Gaitán, Carlos Pizarro, Luis Carlos Galán,   Álvaro Gómez, Jaime Pardo, Bernardo Jaramillo, candidatos presidenciales asesinados. Y cada concejal, diputado, senador, alcalde, campesino, soldado, guerrillero, policía, estudiante, cada hermano, cada padre y cada madre, de cada color, de cada estrato social, en el monte, en la ciudad, reventado(a)(os/as) en esta guerra eterna inmisericorde.

 

Tengo urgencia de oírte / alegría de oírte / buena suerte de oírte y temores de oírte  diría Benedetti a esta elección y uno repetiría con el corazón a toda velocidad y la boca seca, sin saber si esta vez es la vez, o si vamos a seguir ahí, dónde siempre hemos estado, sentados esperando un turno que nunca llega para un país decente para todos y no solo para los de siempre.

El domingo, de nuevo, todo está en juego, Colombia telenovela sin fin, Colombia “drama queen”, el viejo país, el nuevo país. Toda la región mirando a este, el último lugar de América con la guerra como lenguaje. La esperanza y el trauma, la memoria de lo no dicho, el dolor de lo vivido. ¿Insistir en ese modelo seguro e inútil que nos trajo hasta acá o intentar por fin una manera razonable y humana para quedar de una buena vez por fuera del siglo XIX?

 

¿Podremos? ¿querremos?¿nos dejarán?¿sonarán, seguirán de nuevo los tiros?

o sea 
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

 

Bogotá, 15 de junio de 2018, 50 años cumplidos

 

Nosotros, el cambio

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Si tiene usted más de 40, viene de un mundo distinto a este. Un mundo en el que tal vez había una quebrada cerca de la casa, donde pasaba horas de baño y pesca de chocas; un mundo de camino al colegio a pie y lonchera de manos de mamá; del tiempo de un solo canal de televisión, solo unas horas al día; de almuerzo en casa, de casa sin carro ni teléfono; del tiempo de los ‘marconis’ y los amigos de barrio… No importa cuál sea su edad, estoy seguro que viene de un mundo distinto. No lo digo por la nostalgia, que sé bien que las cosas cambian, sino por ello mismo, porque las cosas cambian. El cambio es lo único constante, dicen los paradójicos.

Hace 70 años, Europa se destrozaba intestinamente, hace 60 fumar era saludable, y hace 50 las computadoras eran grandes habitaciones recalentadas con tarjetas perforadas. En la lista pueden ir la droga, el internet, el homosexualismo, los divorcios o los celulares… Escoja usted lo que quiera, objeto, nación o sentimiento y todo cambia, nacen cosas, mueren otras.

¿Por qué, si todo cambia, nos da por creer que “ahora” es para siempre?, ¿de dónde nos da por pensar que como es ahora ha sido siempre y será hasta el fin del tiempo?

Hay quizás en nuestro cerebro, ese que nos hace creer tan engreídamente la cima de la evolución, los reyes de la creación, un departamento que manda sobre todos, el de la comodidad, el del “deje así, que así estamos bien”. Pero no estamos bien. No lo estamos, ni siquiera si en el “estamos” incluimos solo a nuestro mínimo entorno familiar.

Los imposibles pueblan nuestro entender. Los “nunca”, los “siempre” y los “jamás”, como si los términos absolutos tuvieran algún sentido en un tiempo que transcurre, en un mundo que se mueve. Ni un insecto en ámbar tiene esa posibilidad. Nunca se moverá (aunque no falte el genetista que tiene una idea distinta), pero alguna vez lo hizo.

“La guerra es inherente al ser humano”, le escuché decir a uno muy estudiado, como si por mis venas circulara un gen indestructible y fatalista, inevitable y omnipotente. Como si la muerte y la destrucción del otro fueran la única posibilidad de mundo. Como si no nos fuera por dentro la posibilidad de imaginar y de crear otro estado de las cosas.

“Es que eso es imposible”, dicen algunos escépticos; “jamás lo permitiré (án)”, dicen algunos más convencidos. “Nunca se ha hecho”, balbucean los más atrevidos. La realidad adquiere la dimensión de una montaña, gigantesca e infranqueable. Colombia, país de deslizamientos y derrumbes, físicos y políticos, debiera saber de más que, como nos lo mostraron Mocoa y Manizales, por mencionar dos recientes, un poco de agua puede licuar una montaña.

¿Que no es posible, que no hay piedad, ni solidaridad? Mire de nuevo, que tal vez la frase tiene un problema. Tal vez sí hay razón en el escepticismo del predicado, pero hay una equivocación en el sujeto. No es que no “haya” (tercera persona indefinido) sino que “no hay en mi” (primera del singular). No es externa la responsabilidad del estado de las cosas. No es alguien indefinido el que no permite que pasen las cosas, un ente invisible que llamas Estado, imperio o sociedad, no. Es el “yo” que no puede, que no quiere, que no se atreve. Un yo que solo se une contra el ustedes. Es el yo, ese que se niega a ser nosotros, ese que se resigna al statu quo, el que impide que las cosas se modifiquen. Un yo que no se reconoce con facilidad en el otro, en lo otro. Un gesto, una intención convertida en acto puede cambiar al mundo, cambiar una administración, un estado de las cosas. Y no es magia, es contagio.

Por estos días, en que se ha puesto en el radar público el tema del dios, pienso que si hay un dios no está afuera nuestro, dirigiendo nuestro destino, sino que reside en nosotros, en nuestra decisión para actuar para transformar, pues la realidad, sus causas y sus consecuencias pasan por nosotros.

Bogotá, mayo 2017

IG @cantarranasur / Tw @nelsoncardena

Lo fundamental

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 Por estos días de bobería e histeria generalizadas que corren en boca y teclados de todos aquellos que piensan en su voto en las siguientes elecciones desde el miedo de ser como Venezuela, me da por acordarme de Álvaro Gómez Hurtado, el asesinado líder conservador que por  los años 90, a pesar de su historia y trayectoria, pedía un acuerdo sobre lo fundamental.

Álvaro Gómez, que de casta le venía la carga espantosa de ser hijo de Laureano Gómez –motor intelectual y físico de  la violencia política de los 50– no había sido inferior a su sangre, siendo el autor del mito fundacional de nuestro conflicto, el de las “repúblicas independientes” en el que se justificó el bombardeo a Marquetalia y que dio origen oficial a las FARC y con ello a los 53 años de guerra que recién empezamos a acabar. Fue también víctima del secuestro en 1989 por parte del M19, que pedía a cambio de su liberación la reinstalación de nuevas mesas de diálogo y la creación de una Asamblea Nacional Constituyente. Y con todo, terminó un año después haciendo parte de la presidencia colegiada de dicha asamblea, como cabeza del Movimiento de Salvación Nacional, que compartió junto a Horacio Serpa (liberal) y Antonio Navarro (M19) y que terminó por dar origen a nuestra actual Constitución Política.

Sus años serenos le dieron para sentarse con sus captores, a los que había entendido siempre como enemigos políticos, para hablar sobre lo fundamental, sobre las cosas que no tenían objeción, pues sin importar desde dónde se mirasen, había que tomarlas como principios de base.

¿No podremos ponernos de acuerdo en cosas fundamentales, cosas que no tengan discusión, para de ahí partir en la reconstrucción del país?

¿Hay quien discuta que, por ejemplo, tenemos que proteger los bosques, el agua y sus nacimientos, las especies animales y que nuestro modelo de desarrollo debe pasar por esos conceptos, pues nuestra sobrevivencia y bienestar no es posible sin ello? De hecho eso ya lo decía Gómez Hurtado en 1991 y aun ni imaginábamos la dimensión del desastre ambiental que hoy vivimos.

¿Hay quien ponga en duda que el transporte no puede estar basado en el auto particular, que los motores de combustión interna no van más y que hay que comenzar a plantear su sustituto? ¿qué debemos replantear los modelos de ciudad e impulsar los métodos alternativos de transporte?¿que debemos sacar a los combustibles fósiles como fuente principal de energía?

¿Hay quien tenga duda que el concepto de “negocio” aplicado a los fundamentos de la sostenibilidad de una sociedad (educación, salud, transporte,  entretenimiento) debe ser transformado para convertirlo en “servicio”, es decir, diseñarlos para que más que produzcan divisas, produzcan bienestar, como es nuestro derecho de ciudadanos, como es nuestro deber como sociedad?

¿Alguien no está de acuerdo en que tenemos que empezar a transformar YA nuestra manera de producir energía a partir de recursos no renovables y comenzar a cimentar nuestra economía por fuera del modelo extractivista?

¿Hay quien no haya visto que mejorarle las condiciones a los empresarios no se convierte en mejores salarios, sino en mayores utilidades para las empresas?

Dicen que hablar de esto es populismo, como quién dice que es basura publicitaria para elecciones pero no es populismo la verdad, ni populismo proponerse a buscar soluciones. Es mero sentido común, que de tan poco que lo vemos ya nos lo creemos como “imposibles”, pero ¡qué va¡ “de lo posible se sabe demasiado” y ya es tiempo de cambiar el tercio.

Estamos por escoger un nuevo presidente, un líder que dé inicio a la transición del país construido desde el  odio de  la guerra que fuimos al de una nación en donde sembrar esperanza.  En nosotros está si vamos a seguir aferrados a los viejos esquemas que nos han traído hasta esta situación o comenzamos a elaborar nuevos caminos para que florezca la vida.

Nelson Cárdenas*

Bogotá, marzo 2018

*Fotero todo tiempo, escribidor de cuando en vez. Bobo desde 1968. No perfore el envase

Derechos, no flores

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No puedo dejar pasar este día sin reflexionar: ¿Por qué queremos derechos y no flores, felicitaciones o regalos? Sencillo, porque el machismo sigue siendo cotidiano. En el día a día y desde que somos niñas, la cotidianidad nos da una patada en la cara. A veces es más sutil, a veces más hiriente y a veces ni cuenta nos damos, como si estuviéramos anestesiadas. Lo tenemos naturalizado.
Un día como hoy se celebra (o más bien, se conmemora) la lucha por la igualdad, la justicia y los derechos de la mujer. Una larga lucha que aún sigue en pie, batallando contra el machismo, es decir, contra la cotidianidad. Vivimos en una sociedad en donde en muchos trabajos los hombres ganan más que las mujeres así tengan las mismas responsabilidades, en donde el acoso es socialmente aceptado e incluso a veces fomentado, en donde el maltrato hacia la mujer en la mayoría de los casos se libra con impunidad, en donde el aborto sigue siendo ilegal en muchos países (causando la muerte de miles de mujeres), en donde se imponen estereotipos de belleza que se vuelven criterios de exclusión. Una sociedad en donde tengo que esforzarme más que cualquier compañero hombre para demostrar que soy buena, para demostrar que puedo hacer bien mi trabajo, para probar un absurdo: que somos igual de capaces. Una sociedad en donde tengo que hablar con fuerza para que me escuchen y me tomen en serio, pero en donde muchos se molestan si tengo opiniones tajantes frente a las cosas. Una sociedad en donde muchos de los insultos coloquiales ponen el ser mujer en un lugar de humillación (mucha niña, mariquita, hijo de puta, mucha loca, etc). Una sociedad machista tan sólidamente estructurada que incluso nos ha enseñado a odiar a las otras mujeres. Que nos ha enseñado a decirle perra a la mujer con la que nos fueron infieles, sin cuestionar la responsabilidad de nuestras parejas en el acto. A mirar de arriba a abajo a otras mujeres cuando se visten con minifaldas o muestran mucha piel. A burlarnos de las madres jóvenes y decirles “mamitas luchonas”. A decir que las mujeres nos llevamos mal entre nosotras porque somos muy envidiosas. Una sociedad que nos ha hecho creer que somos menos y nos tenemos que callar y agachar la cabeza.
Una sociedad machista que también pone en una posición injusta a los hombres. Que les dice que tienen que ser el sostén del hogar. Que tienen que pagar la cuenta siempre. Que tiene que ser fuertes y valientes. Que los niños no lloran. Que un hombre tiene que ser esto y lo otro, y que si no lo es, es un “marica”.
Una sociedad machista que nos ha puesto a todos en un lugar incómodo, donde no queremos permanecer. Donde nos cansamos de estar.
Es por eso compañerxs que hoy no queremos comer chocolates al ritmo de “Mujeres” de Arjona. Hoy queremos fuerza, hoy queremos cambios, hoy queremos determinación, hoy queremos sentirnos muchxs en esta lucha. Esta lucha que es por nosotras, pero también por ustedes.

 

Texto y foto: Laura Cárdenas Moreno

Una mirada desde la quebrada