Solo imagine

Imagínese que ud. está dormido. Es cerca de la 1 de la mañana. Se acostó relativamente tarde porque su jornada de hoy fue agotadora, como lo han sido desde hace algún tiempo sus jornadas. Los niños duermen desde las 9 y todo está en orden.  De repente oye un barullo. Parece que alguien grita por la calle de su conjunto. Acostumbrado a no meterse en lo que no le corresponde, no hace caso de los gritos e intenta seguir durmiendo, cuando de repente suena un disparo, luego un grito, y justo en seguida, llaman a la puerta de su casa, no con un timbre, sino con los puños. Tocan como queriendo tumbar la puerta. Ud se despierta sobresaltado, también su mujer  los hijos se asoman desde su cuarto asustados, preguntando qué pasa. Los golpes en la puerta arrecian , y ahora van acompañados de palabrotas amenazantes. Ud se acerca a la puerta, los golpes de repente paran, y antes de que ud pueda abrir, hay el estruendo de un disparo,  que hace volar la cerradura y la puerta se abre. Ud no atina a moverse, pero se planta frente a los hombres que tiene enfrente, mientras su mujer, instintivamente, corre a proteger a sus hijos que gritan.  Sin rebajar los insultos, los hombres, que huelen a alcohol y pólvora, con la mirada de un rojo encendido, entran a su casa, lo tiran al suelo con un golpe de culata de fusil, lo obligan a mirar al piso, mientras le ponen un pie forrado en bota de suela dura en la espalda y un objeto metálico asegura su cabeza contra el suelo. Un hilito de sangre le cae por la frente, sus hijos , protegidos por su mujer siguen gritando, mientras otro hombre armado entra rugiendo, acusándolos, insultándolos y amenazando con que los va a matar a todos.

Ud piensa ¿y el vigilante? Y luego recuerda que hay un CAI cerca del conjunto. Con el ruido que estos están haciendo, de seguro pronto la Policía va a llegar. Afuera de su casa se oyen más disparos, más insultos. Parece que lo que está ocurriéndole a ud, le está ocurriendo a todos sus vecinos. Llévense todo, suplica ud, creyendo que es un robo, pero recibe por respuesta un puntapié en el costado, que lo deja sin aire.  Sin saber muy bien porque, de repente lo ponen de pie, lo amarran, y junto con su familia lo conducen al parqueadero. Por los pasillos vienen bajando todos sus vecinos, algunos con sangre en su ropa, todos con el miedo en sus caras. En medio de los autos, poco a poco se van reuniendo todos los vecinos, todos, chicos y grandes. Sus hijos, aunque ya grandes, lloran, en particular la mayor, Ángela, de 17 años.  Ángela acabó temprano su bachillerato y ya está en la universidad. Desde chica fue líder entre sus amigos, y ahora que está en la Universidad, hace parte del Centro de Estudios de su carrera.

Ud está distraído pensando, en medio del terror, qué podrá ser todo esto ¿un secuestro masivo? O, ya que este no es un edificio de ricos, definitivamente ¿un allanamiento como esos que decía la izquierda que hacían de vez en cuando en busca de terroristas? No, son demasiado irregulares para ser fuerzas oficiales .¿Donde está la Policía? El vigilante por lo menos ya sabe ud que  no puede contar con él, pues está amarrado y muy golpeado en el piso. De repente, su vecino del 403, un profesor de derecho, viudo, intenta correr, pero uno de los tipos le dispara sin miramientos. Cae al piso y el golpe seco del cuerpo al caer, se funde con el eco del arma disparada y silencia los murmullos de todos. Se escucha la vainilla caer en el silencio.

“Bueno, ya ven hps, que somos gente seria y no venimos a dar consejos, parranda de mp. Uds. Son una partida de…” y sigue la retahíla de bramidos insultantes. Los que medio intentan decir que deben estar equivocados de sitio, son silenciados con patadas o culatazos. Pronto sólo se oye sólo la voz del Comandante, que ahora, a la luz del parqueadero, se ve con los ojos inyectados, y una cara como metálica, como percudida de un aire de muerte. Los perros de todo el edifico ladran, pero las sirenas no se oyen por ninguna parte. Sólo la voz del sujeto.

“Y como aquí no vinimos de visita, los siguiente triple hps terroristas, un paso al frente, que ya se les acabó el juego” La lista pasa y los nombres van saliendo y pesadamente cada quien va dando el paso. Cuando alguien se resiste, de inmediato comienzan los golpes sin compasión sobre cualquiera, hasta que el reacio, da el paso y recibido, como no, con una salva de palabra y golpes.

De repente, al final de la lista, está su hija, esa que ud. enseñó a montar en bici, a la que ayuda en las tareas de Cálculo de la universidad, a ella, a la Ángela también la están llamando y ud. vence el miedo y se abalanza sobre ella. Luego vio una luz por el costado izquierdo, luego negro.

Horas más tarde ud despierta, Está en su cama, su cabeza parece que le va a reventar, escucha voces extrañas en la sala, se levanta con dificultad, da unos pasos y cae en cuenta que no era un sueño. Ahí afuera está su mujer, contestando preguntas de otros hombre armados, lo ojos rojos de haber llorado, y ni bien lo ve, se levanta y lo abraza llorando “se la llevaron, se la llevaron” Los hombres armados llevan brazaletes y parecen policías. Pero en su cara no hay la menor seña de sorpresa o interés. Toman nota, hacen preguntas. Ud está algo aturdido y solo hasta que ellos se van, su mujer le cuenta que a su hija, que al señor de 205, y a sus dos hijos, que al celador, que….Cerca de 30 personas fueron subidas en camionetas, que salieron a toda prisa, con la razón de que al día siguiente los devolvían. El señor del 403 seguía abajo, tendido en el suelo, muerto. Habían quemado algunos apartamentos y sus ocupantes se habían ido en medio de la noche, con lo puesto.¿ porque se los llevaron?¿quienes eran?¿que dijo la Policía?

El día siguiente llega y lo encuentra deseando que todo fuera un sueño malo, pero no hay espacio en la evidencia de los destrozos y la desolación. Y ud. llama al trabajo para decir que no va a ir y se queda esperando, junto con su mujer y todos los vecinos, la llegada de los que se fueron. Pero no llegan nunca, y entonces uds. llaman a las emisoras y a sus amigos para contar lo que les pasó. Sus amigos les ofrecen posada y les escuchan sin creer lo que les ha pasado, y los medios reciben la llamada, pero su voz no pasa de la secretaria de la emisora. Se organizan y van al CAI y a la Policía, y a la Fiscalía, pero en cada lugar les reciben su declaración como si fuera una queja nueva. Se sienten miradas de desprecio y hasta de burla. En alguno de esos lugares, a uno de uds, un desconocido con cara de funcionario, les dice pasito que mejor ni pregunten, que esa gente(¡su hija y sus vecinos son “esa gente”!) es mejor darla por perdida, que ni busquen porque es para peor.

De la nada, les comienzan a llegar anónimos y llamadas al celular, insultándolos como esa noche, diciéndoles que ya le mataron a  esa puta infiltrada, que  si quieren seguir por ahí dando papaya, que fresco, que ellos vuelven a encargarse.

Nada de lo que uds hicieron después, ni las marchas, ni las plantadas delante de las dependencias oficiales, ni las llamadas hasta el cansancio a los medios, ni los carteles en los postes, hizo que alguien se apersonara del asunto.

Con los años, ud se acostumbró a vivir con esa pena viva. Con ella deambulaba las calles en busca de trabajo de rebusque, porque su puesto lo perdió a la semana siguiente de los hechos. De su casa tuvo que salir, cómo no, vendiendo rapidito, al igual que todos los que vivían ahí.

A veces pasa de lejos, por mirar solamente, la torre de apartamentos lujosos que construyeron en el lugar donde estuvo su edificio. Parece que los nuevos dueños son gente de dinero, pues sólo se ven llegar autos lujosos.

Un día, 5 años después de la desaparición, los restos de su hija, descuartizada, junto con los de los otros vecinos, aparecen en un terreno cercano. Los esqueletos y las ropas cuentan los detalles de la salvaje masacre que cometieron. Y ud, finalmente, imagínese, descansa el alma llorando sus ojos al tratar de imaginar el tormento y el terror que vieron los ojos de la Ángela, la que era la niña de sus ojos. Finalmente paró de llorar, como si ya no le quedara una gota más de humedad por dentro.

Después de un tiempo, el nombre de Ángela apareció en un listado en la prensa, donde decía que el Estado, ese mismo que le cobra impuestos, el mismo que le cobra multas y le dice prohibido, ese Estado, fue condenado por una corte extranjera, a pagar un cierto valor por la muerte de su hija. Ud mira el diario, pero su cara no afloja un sólo movimiento.

¿Se imagina? ¿Se alcanza a imaginar?¿Logra imaginar el dolor, el miedo, la frustración, el indecible sufrimiento? ¿Si le alcanza la cabeza para eso?

Pues bien, eso, idéntico pero no en su edificio sino en los campos de nuestra Colombia pasó y sigue pasando. No es Rwanda, ni Argentina, ni es un película, ni una noticia. Es una realidad diaria. Aunque sólo aparezca en las noticias entre el discurso del ministro y los goles del domingo. Campesinos corriendo en medio de la noche, gente descuartizada y enterrada en la espesura, cadáveres bajando por los rios, asesinos apropiándose de sus tierras.

¿Donde estábamos todos entonces, donde estamos ahora? Quizás viendo las tetas de la modelo de turno, o el escándalo de la semana o planeando unas vacaciones, aprovechando las nuevas rutas seguras. Su seguro paseo democrático al mar en automóvil se pagó con sucesos como estos. ¿Le parece que valían tanto?

Bucaramanga, mayo 2007

El Niño Dios son los papás, viejo

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En Navidad nos llegó un video muy bonito de la casa: la apertura de los traídos del niño Jesús. La niña no lo podía creer. El Niño Jesús, el Niño Dios, pues, le había traído el regalo que ella había pedido. Una voz cariñosa, fuera de cámara, le decía “hay que agradecerle al niño Jesús que trajo los regalos. Y hacer caso, amor.” Hacia unos días habíamos tenido una charla en casa con mi señora sobre el tema de los regalos en su casa. Los principios políticos reñían con las tradiciones familiares  y nos preguntábamos si mantener la etiqueta del traído tradicional o quitar al gracioso Niño del “de” en la tarjeta para poner el nombre del verdadero dador. Un dilema político-familiar.

A mediados de año durante una charla que tuvimos sobre “Bicientenario, la libertad pendiente” tocamos el tema del Niño Dios, referido a esa misma dicotomía entre verdad y conveniencia que padece la narración heroica de nuestra historia patria. Nos hacíamos la pregunta sobre el sentido de esa mentira transmitida por tradición en una sociedad que suele tener en la verdad un valor fundamental ¿por qué les mentimos a los niños si al mismo tiempo les inculcamos el decir la verdad? Las respuestas usuales tienen que ver con que es “muy lindo” darle ilusiones a los niños haciéndoles creer en cuentos de hadas y relatos mágicos. Y sí, sería muy lindo sino fuera por las estructuras de poder asociadas a la tierna historia: el Niño Dios es muy útil para que los papás controlen el comportamiento de sus hijos a través de un poder fuera de su alcance. El tierno Niño solo trae regalos si se portan bien; su mirada vigilante no parpadea y ejercen un control invisible sobre los actos de los pequeñajos que han de ser buenos niños si quieren recibir lo que desean, lo cual se solicita en una carta que se entrega por medio de los padres, que son los únicos que pueden hablar con ese par de ojos que todo lo ven. El Niño todo lo ve, pero no habla con los niños, sino con los papás. ¿No llegó lo pedido? Culpa del infante mal portado y sin maneras de hablar con Él porque el Niño no habla con los niños. Solo con adultos.

Si los padres renunciaran a su mentira ya no podrían tercerizar la responsabilidad sobre el sí o no de los regalos y tendrían  que enfrentar con voz propia las cosas, para de alguna forma reconocerle a sus hijos agencia suficiente para dialogar con ellos sobre su comportamiento y su estrategia de castigo y recompensa. No sería tan mágico el asunto, no sería tan cómodo para el ente de control que somos los padres, pero sería algo más real y consecuente la relación.

Los papás normalmente esquivamos la confesión sobre el asunto y la mentira se deshace cuando los niños crecen y la evidencia -o algún amigo de los chicos mejor dataedo- desenmascara el cuentito y terminan por enterarse de que el Niño Dios son los papás.

Nos preguntábamos entonces en la charla, refiriéndonos a la historia de nuestro país ¿estamos ya lo suficiente grandes como nación, como sociedad, para saber que el Niño Dios son los papás, que nuestras verdades son mentiras que ya no se sostienen por su propio peso?¿están los que fungen como papás elegidos, los que ocupan la patriarcal silla ejecutiva, listos para dejar de contarnos mentiras sobre el poder y su manera de ejercerlo para asumir la oscuridad de sus acciones? 

200 años son pocos para la vida de una nación, según entiendo. Pero evidentemente no somos unos recién nacidos y tal vez despuntan los primeros brotes de adultez en nuestra cara de  niños

Hace unos días Yuri Buenaventura, en un gesto extraño para alguien que ha conocido el país que no sale en las postales, le decía al presidente Duque, el papá inexperto que escogió Colombia para este cuatrienio, que “Colombia es una niña que había de ser cuidada del anarquismo. Presidente, confiamos en usted, usted lleva esa niña de la mano”.

Al mismo tiempo, esa niña que considera Yuri, le hacia preguntas incómodas a uno de los tantos que se creen papás de ella. En la voz de la familia del reconocido futbolista Juan Fernando Quintero, le preguntaban al nuevo comandante del Ejército Nacional de Colombia por el destino del papá de Juan, que desapareció entre Carepa y Medellín mientras prestaba servicio militar obligatorio en una unidad que comandaba el hoy general y entonces capitán Zapateiro. “Solo quiero saber qué pasó con mi papá” preguntaba Juan, el niño sin su padre real a un padre substituto, un padre de la nación que no responde las preguntas sino que dice “mi oficina está abierta” para seguir sin asumir las verdades. 

La niña se soltó de la mano. La niña ya no les cree sus historias y anda por las calles, cacerola en mano, pidiendo en todos los tonos no solo verdades sobre el pasado sino la construcción de relatos vitales basados en hechos reales. Ya no quiere más chancleta y migajas. Comienza a mirar a los ojos de los que se llaman “papás”para exigir respeto y trato igualitario. Pide que dejen de decirle que no se puede porque ella ya sabe que se podría si los “papás” no se mecatearan la plata en parranda. Que ya estuvo bueno, que 200 años son suficientes, que la casa se cae y que no vamos a mirarla sentados y bien juiciositos sin hacer ruido.

Y mientras los papás insisten en creer que son pataletas de niña, asomando su correa sangrante e insisten en contarnos historias pidiendo comprensión y paciencia que ya ni en el vecindario funcionan, la niña comienza a creer que lo que toca es independizarse de los papás. A ver si se enteran.

Concordia, 31 de diciembre de 2019

Un idea para Doris

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La vida tiene cosas extrañas en sus sincronías, especies de alineaciones que ocurren sin previo aviso y que tal vez por eso, por lo súbitas, no siempre logramos reconocer y mucho menos entender sus significados; que aunque no son intencionales, pues el universo funciona sin intención, si pueden ser muy reveladores. Por estos días, por ejemplo, ocuparon la matriz informativa dos hechos ocurridos en tiempos distintos pero ambos con un común denominador: el horror de la guerra en Colombia.

A Bojayá (Chocó) llegaron finalmente esta semana, tras 17 años de la masacre, 99 cofres para ser inhumados en el panteón especial construido para tal efecto. La descripción del inventario es un asunto macabro: 78 cuerpos identificados, 1 conjunto de restos desintegrados que no pudieron asociarse a ningún cuerpo, otro no identificado de una niña de entre 4 y 8 años, 9 bebés muertos en el vientre de la madre y dos cofres vacíos que simbolizan a dos personas que no pudieron ser halladas en ninguno de los tejidos rescatados.[1]

Paradójicamente, la peor masacre de la historia de Colombia, en combate entre paramilitares -que se parapetaban en las paredes de las casas del pueblo- y guerrilleros -que lanzaron un cilindro bomba- y el soporte del Ejército Nacional a los paras, ocurrió por error, si es que cabe la expresión. El cilindro iba dirigido hacia los paras y cayó en la iglesia donde se resguardaban los civiles. “Querían destrozar a otros”  sería la frase cínica para excusarse por el desastre causado.

Al mismo tiempo que se movilizaban los cajones a Bojayá,  la tormenta política se incrementaba en el país de cuenta de la denuncia que hizo el senador Roy Barreras durante un debate de moción de censura contra el ministro de defensa, Guillermo Botero, sobre un bombardeo ocurrido a finales de agosto en Puerto Rico (Caquetá) que terminó con la muerte de 8 menores de edad, reclutados por la guerrilla. 8 por ahora, porque los otros 10 cuerpos aun no han podido ser identificados tan siquiera en su sexo o edad. Y no por falta de documentos, sino por que las bombas que los mataron dejaron sus cuerpos demasiado… no encuentro un verbo apropiado. Desintegrados, tal vez, demasiado desintegrados para ser identificados.

La paradoja esta vez corrió por cuenta del hecho de que los menores una vez reclutados quedan en una especie de limbo en el que, por un lado, son víctimas de reclutamiento forzado, del que deben ser defendidos, y por el otro, son enemigos del Estado, por lo que deben ser combatidos… desintegrados, según muchos.

Una vez hecha pública la matanza, el ministro se defendió diciendo que no sabía que ahí abajo, dónde cayeron las bombas -que dejaron cráteres de 14 metros por 10 de profundidad[2]– hubiera menores. Se colige de su declaración que ellos si querían despedazar, pero era a otros. Las declaraciones documentadas del personero del municipio desmintieron los comunicados oficiales[3], dejando claro que si sabían, pero no les importó.

De cualquier manera, supieran o no, unos u otros, hace años o hace meses, el resultado iba a ser el mismo: seres humanos despedazando a otros hasta desaparecer su condición de humanos y muchas veces sin siquiera hacer algo más que oprimir un botón de descarga ¿En qué momento aprendimos a suponer que el horror y la vergüenza eran menos si el blanco era lícito y que había justicia en las bombas oficiales y crimen en las ilegales?

Muchas veces me he preguntado como fotógrafo si nos habría sido más corta la guerra y más dura la oposición a ella, si nosotros y los medios, en vez de narrar los estragos de la guerra con limpias imágenes de sábanas que cubren cuerpos o de féretro alineados, mostrásemos el nivel de miseria que cometemos sobre nuestros congéneres. Si pudiéramos contar el horror que dejan esas bombas, no solo en los que yacen partidos en pedazos, sino en sus familias que cargan con esa herida abierta de por vida, como la cargan, aunque no logren asumirla siempre, los que causaron tal estropicio.

Uno suele relacionar el término “reclutamiento forzado” a las fuerzas ilegales y lo imagina usualmente como un secuestro de la persona. Pero ni son solo los ilegales los que reclutan forzadamente -las ilegales redadas del Ejército siguen ocurriendo en los barrios pobres o territorios periféricos- ni es solo la fuerza la que recluta, pues también lo hace el hambre, la falta de oportunidades o la sed de venganza. Ya es tiempo de asumir que esta guerra nuestra la hemos hecho todos -no un solo lado- por acción y por omisión.

Es tiempo de pedirle al monumento de Doris Salcedo, hecho con las armas fundidas de las Farc, que agregue otro piso de metal hecho con las armas fundidas de la Fuerzas Armadas que han participado en cada desaparición, asesinato, falso positivo, masacre y bombardeo; porque el horror de la muerte lo hemos causado desde cuando menos dos lados.

Si no logramos quitar del espejo en el que nos miramos la imagen pegada de héroes pulquérrimos y justicieros con la que juzgamos nuestros actos, para poder ver nuestra sangrienta imagen, plagada de odio vestido de democracia, si no logramos construir un país fundamentado en la vida, seguiremos, como lo profetizaba Gonzalo Arango, matando y viendo resucitar al enemigo, porque “Desquite resucitará y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas” [4].

 

 

 

 

 

[1] https://www.elcolombiano.com/colombia/alabaos-el-descanso-final-para-los-muertos-de-bojaya-IK11935836

 

[2] https://www.youtube.com/watch?v=aqWLtxTPw_g

 

[3] https://www.rcnradio.com/colombia/sur/las-cartas-del-personero-de-puerto-rico-al-ejercito-antes-del-bombardeo

[4] https://www.gonzaloarango.com/ideas/desquite.html

 

Una imagen que no se me quita.

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Llevo ya dos días, con sus noches, con una imagen que no se me quita de la cabeza. Una imagen que no sé si es una pantalla o una sensación, que no presencié directamente, pero que he visto muchas veces antes en otros lugares, en fotos, en palabras y muchas veces más en mi imaginación con manías trágicas: La imagen de 10 muchachos muertos, destrozados en un bombardeo de la aviación del Ejército contra un campamento de una disidencia de las antiguas FARC. De los 10, se sabe el nombre de 7: Angela Gaitan (12), Sandra Vargas (16), Diana Medina (16), José Rojas (15), Jhon pinzon (17), Wilmer Castro (16), Abimiler Morales (17), hay un octavo sin identificar y dos cuerpos tan destrozados que no se puede determinar aun ni sexo, ni edad.

Me imagino sus cuerpos tirados como muñecos fracturados, pálidos, amoratados y chamuscados, en medio de la hojarasca achicharrada por la explosión. Los veo en mi mente segundos antes del impacto, tomando un café cerrero con aguapanela, imaginando a sus hermanos o a sus papás en la casa, oyendo algún vallenato en la radio a bajo volumen, secando la ropa que lavaron en la quebrada, recordando como era su vida antes o cómo será después.

Por las noticias me enteré que Diana quería ser futbolista o policía para ayudar en la casa y que era buena estudiante y muy sonriente. También que Ángela había llamado a la casa para decir que “le tocaba irse para allá”, para la guerrilla, porque no podía decir que no.

Y me los vuelvo a imaginar, en sus primeros amores, en sus cartas a escondidas y al mismo tiempo en el horror de sus cuerpos desintegrándose y luego en el silencio del monte.

También me imagino el sonido metálico de los intercomunicadores de los Tucano o Kfir dando por “entregado el armamento” que es como llaman a bombardear un objetivo. Un objetivo, 10 menores de edad. Un objetivo, una neutralización. “Una operación estratégica, meticulosa e impecable… contra una cuadrilla de delincuentes narcoterroristas” la llamó el Presidente Duque el 30 de agosto, atribuyéndose el éxito y supongo hoy que, también, la responsabilidad del hecho. Y al fondo de su discurso oigo los gritos de espanto y siento, como si fuera ellos, el cuerpo caer en saco al suelo y el calor de la metralla que me atraviesa las piernas mientras presencio incrédulo mis tripas, sus tripas, saliendo por mi vientre rasgado.Y el frío de la hemorragia que antecede a la muerte. Y el sonido que se va apagando.

No he dormido bien, debo decir, pensando en ellos. En si yo fuera uno de ellos o uno de sus padres. Incluso uno de los funcionarios que fue a certificar el desastre, recogiendo con pinzas los pedazos de lo que era una vida. Y pienso en la paradoja de toda esta mortandad.

Los niños reclutados porque no hay más por hacer o ser que irse a la guerrilla o a los paracos o ser raspachín  (pues el resto es mal pago o es asegurar el hambre o el desplazamiento a una ciudad a rebuscar), son parte de limbo ideológico en el que cada pequeño movimiento los pone en un mundo distinto: antes de irse no les importan a nadie, pues la mano invisible del mercado supone que son pobres porque quieren; cuando recién se van, el poder central clama por su liberación, invocando “los derechos de los niños”, y 10 segundos después, se convierten en blancos lícitos porque -como dijo la vicepresidenta, Martha Lucía Ramírez- “si hay una operación es practicamente imposible saber si había niños” o como explicó el expresidente Uribe en su doctrina de “no estaban recogiendo café”: “si hay niños en un campamento guerrillero ¿qué supone uno”.

Sin embargo, algo de conciencia del acto cometido debe haber cuando no nos dijeron en su momento la edad de los “narcoterroristas”, cuando tras las denuncias de un senador de centro derecha, Roy Barreras, niegan, jurando al cielo, haber sabido previamente la existencia de menores en el campamento. Juran y rejuran que no sabían a pesar de que el personero de Puerto Rico Caquetá  denunció días antes del bombardeo el reclutamiento forzado de menores. ¿Esa vergüenza será por que por fin estamos teniendo conciencia pública de la locura sangrienta qué es, qué ha sido, nuestra  guerra civil de 60 años?

¿Estaremos viendo en el hecho de que a ese personero, Herner Carreño -que reemplaza al asesinado Freddy Chavarro- lo estén amenzando tanto los guerrilleros que él denunció, como los militares que estan quedando mal ante el país por su denuncia, una muestra de que lo que está mal no son unos u otros sino la guerra en sí como discurso y empeño de un país?

 

Los extremos se juntan, dicen: recuerdo alguna vez oír del caso de un guerrillero que por pedir convivencia con su pareja del mismo sexo, su alto mando estaba decidiendo si lo expulsaban de ella o le hacían juicio revolucionario (léase, lo fusilaban). La misma godarria pero en la polaridad opuesta. ¿No será tiempo ya de proponernos un país para el encuentro con la vida, tenga el uniforme que tenga, piense lo que piense, ame a quién ame?¿Un lugar dónde se pueda contruir sin arrasar, hablar oyendo sin mandar a callar?

 

Hoy, mi señora me contó que su mamá, que vive en un pueblo en la montaña cafetera de Antioquia, y que dedica buena parte de sus años grandes a cuidar perros de calle, la llamó para contarle que le habia dado unas visceras que había conseguido para los canchosos a un gallinazo en el cementerio. “Es que tenía crías chiquitas, mija, y ahora como en el pueblo no hay sacrificio de reses, ellos poco consiguen. A mi me dio pesar y le lleve para que alimentara a los polluelos.” Me enterneció el sentido de la vida por la vida misma que vi en la acción de Rosalba, que así se llama mi suegra. Que más allá de si el animal era bonito o feo, de si él le podia devolver en algo su gesto, ella podía ser solidaria con su necesidad, con su vida.

Me vino a la cabeza don Helio Torres, un campesino en Betoyes, Arauca, que dedica buena parte de su tiempo a rescatar huevos de tortuga para empollarlos en casa y una vez crecidas, devolverlas al río “para que vuelvan a haber tortugas”. Para que vuelva la vida, porque la vida misma, solita, es importante.

Entenderemos un día, espero no morir sin verlo, que el valor de la vida (la de un mico, la de un árbol, la de un pez, la del agua o la del aire) no está en su equivalencia monetaria, ni en la popularidad de su pinta, sino en el milagro mismo que entraña la vida en sí.Y con los nombres de todos los muertos, de todo lo destruido, con su memoria vuelta un “nunca más”, un “perdónennos porque no sabíamos lo que hacíamos” construiremos una sociedad que merezca la pena vivirse. Porque esta -cuando menos ésta de estas noches y estos días- no lo merece.

 

Bogotá, noviembre 7 de 2019

 

 

Monstruos incorporados

Monsters Inc: Fanáticos se indignan por el trágico final de Sulley [VIDEO]

Los tiempos de revolución no son ninguna novedad en las sociedades modernas. Cada tres o cuatro décadas experimentamos fuertes modificaciones en los paradigmas que usamos para movernos en el mundo y con ello las cosas que ayer eran imposibles físicos, tecnológicos o éticos llegan a ser tiempo después la norma y única posibilidad.

 

Aunque nuestra limitada visión del mundo nos haga creer y defender la inmovilidad de las cosas, lo cierto es que la Historia nos constata que el cambio es –paradójicamente- una constante. Y para peor, nunca ocurre de forma aislada.

 

La capacidad de comunicación que nos ha traído la revolución digital ha puesto en nuestra mentes discusiones, ideas y encuentros que antes solo rondaban la marginalidad, acalladas por el poder hasta entonces indisputado de los medios de comunicación masivos.

 

Las discusiones sobre los roles de género, los derechos de los animales, las resistencias culturales y la política educativa, por mencionar algunos, estimuladas en la revolución digital, y la Inteligencia Artificial como nuevo escalón evolutivo, están generando nuevas estructuras y retos por resolver. Y en frente a todo esto, como elemento transversal inaplazable, inocultable, la crisis ambiental y el cambio climático.

 

El modelo económico en el que nos hemos movido hasta ahora, que basa su existencia en el crecimiento sin fin de la producción y adquisición de bienes para la generación de recursos, se está derrumbando. Una especie de juego de Monopolio que llega a su fin, en el que uno de los jugadores consiguió acumular la mayor parte de las propiedades imposibilitando la existencia del resto. La sociedad enfrenta el fracaso del libre mercado como ente rector y exige un cambio de reglas, un cambio de juego.

 

Al desastre social de la inequidad se suma ahora el desastre ambiental que nos ha puesto en un mundo distópico, en el que en las ciudades- que son el sumum de nuestro modelo de desarrollo- respiramos aire venenoso y expelemos aguas contaminadas que volverán incorporadas en los animales y vegetales que consumiremos. El sistema circular que es la Tierra ha llenado su capacidad de almacenaje y nos está devolviendo en el comedor la basura que almacenamos en el closet.

 

 

En 2001 Pixar lanzó una película de animación por computador, destinada al público infantil, llamada Monsters Inc. que narraba un mundo paralelo de monstruos que obtenían la energía que consumía su sociedad de los gritos que daban los niños humanos cuando monstruos especializados los asustaban de noche. Su matriz energética se rompe cuando, a pesar de los esfuerzos de monstruos pertenecientes a altos niveles de poder del establecimiento-monstruo, descubren que hay miles de veces más energía por obtener en la risa de los niños que en sus gritos de espanto.

 

 

Tal vez sea este el momento, ya que algo hemos crecido en veinte años, para empezar a asimilar la propuesta de Monsters Inc y cambiar la matriz energética general de nuestro mundo.

Es tiempo ya de buscar una energía que mueva nuestro mundo no a partir del miedo, el abuso y la explotación del otro y de lo otro, sino desde el entendimiento de que ese otro, eso otro, no es tal, sino que somos todos un solo nosotros.

 

 

Lapaz es nuestra

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El bombazo que despedazó a 21 personas este viernes (20 cadetes de la Policía y aparentemente el conductor del carrobomba) deja un panorama desolador cuyo horizonte va más allá del dolor que produce la escena de los cuerpos destrozados. Peor aún, va más allá de nuestras fronteras nacionales.

 

El comunicado emitido por el ELN en el que acepta y justifica el ataque a la escuela General Santander pone las cosas en una situación que acepta el compás que ya evidentemente había buscado el gobierno del presidente Duque: acabar los diálogos para intentar, como se intenta desde 1965, la vía militar.

Una situación similar a esta, la de un golpe demasiado grande a las fuerzas armadas como para que pasara sin consecuencias de igual calibre, ya se había vivido en la negociación con las Farc cuando esta guerrilla mató a 10 soldados en una vereda en Buenos Aires, Cauca, lo cuál obligó al gobierno Santos a reanudar los bombardeos que habían sido suspendidos.

Con la contabilidad monstruosa de la guerra, 27 muertos en un bombardeo de retaliación permitieron equilibrar la balanza, dándole nuevo espacio político al gobierno que tuvo la habilidad de moverse de forma tal que no permitió que el proceso se quedara sin salidas. La gradualidad de las acciones siempre le permitió un margen de maniobra, aun cerca al precipicio.

 

Pero esta vez es diferente. Un ELN parado en unas líneas dogmáticas sin asidero seguro en el mundo real y un presidente montado en un discurso partidista que cree en la tan probada como inútil vía militar, muy buena para ganar votos (pues la guerra siempre es más vendible que la paz) pero muy mala para gobernar un país que necesita salir del atraso y la corrupción, que muy bien saben ocultarse tras los cañonazos.

Por si le faltaran ingredientes al caldero, está el gobierno Trump tratando de derechizar la región, alineando a los vecinos de Venezuela para derrocar al “espantoso gobierno Maduro” y aislar a sus amigos. Muestra innegable de esto último se encuentra en el absurdo pedido del gobierno colombiano al gobierno cubano para que “entregue a los terroristas” –diciendo que “este gobierno no ha firmado ningún protocolo”, como si se tratara de pactos entre personas y no entre instituciones formales, para matricular a los cubanos como “protectores de terroristas” y de paso cerrar la posibilidad de cualquier mediación internacional a la situación.

 

Ningún favor le hizo el ELN con este acto barbárico de guerra a esa Colombia que no acepta la muerte y el dolor como camino en la construcción de un país posible.

Si poca era la disposición del uribismo para cumplir los puntos de el Acuerdo de paz con las Farc o para defender la vida de los líderes y lideresas sociales que matan como a patos en las regiones ante la lángida mirada del Presidente, menos va a ser posible ahora, cuando -como quedó demostrado en la “Marcha contra el Terrorismo”-  cualquier posición que no sea el apoyo ciego al gobierno será interpretada como “apoyo al terrorismo”.

Nos ha regresado este bombazo y la necedad del gobierno, como muchos querían, a los tiempos en que había que callar so pena del señalamiento de “guerrillero de civil” ante el menor disentimiento de la historia oficial. Para la muestra el botón del ministro de Defensa exigiendo ante micrófonos que no se le pidiera explicaciones sobre las omisiones y falsedades de la versión de los hechos pues “no es el momento”. ¿Cuándo será el momento?

 

De cuenta de esta bomba se recrudecerá, si no actuamos con fortaleza, la violencia paramilitar contra los líderes y lideresas sociales en busca de consolidar a sus candidatos en las elecciones regionales que vienen, así como el desplazamiento causado por el incremento en la ferocidad y recurrencia de los combates y bombardeos. Ya conocemos a qué sabe ese camino de “mano dura” que la última vez que se escogió causó un incendio que tardó 15 años en apagarse.

 

Se le dice terrorista al grupo armado que no tiene cómo comprarse un bombardero como manda “la decencia”. Pero, sépanlo, los muertos quedan igual de despanzurrados con una bomba de 500 lbs lanzada desde un Kfir o con un carro bomba con 160 lbs de explosivo. No se muere más decente ni es menos indiscriminado el espanto. Sáquense eso de la cabeza.

 

En nuestro conflicto interno, según cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica, el 82% de las víctimas fueron civiles, gente desarmada. Somos nosotros por tanto, si es que estos dos actores no tienen la grandeza histórica de construir un país en paz, los llamados a ejercer la presión para obligarles a volver a sentarse a la mesa. Es a nosotros los desarmados a quienes nos corresponde ahora, en estas horas oscuras, convocar a la razón, a la cordura, pues somos nosotros quienes hemos pagado con sangre este dolor inmemorial.

La paz es nuestra, porque la guerra y sus consecuencias también lo han sido.

 

Bogotá, enero 2019.

 

 

 

 

 

 

 

El testigo nos pregunta

La imagen de una niña morena, de pelo desordenado y ropa de tierra caliente, de no más de 4 años, sosteniendo la cabeza de un pollo sarabeado contra su boca y nariz, como buscando en el olor de sus plumas un lugar conocido mientras sus ojos miran a la nada, podría pasar como una imagen bonita sobre la inocencia de la niñez. Pero estamos en la exposición El testigo de Jesús Abad Colorado y el texto a su lado le va a hacer a uno un nudo en la garganta con la tranquila ferocidad de quien dice una verdad que uno no quisiera oír:

La mujer del sombrero y sus hijos iban a embarcarse en un avión DC 3 junto con otros sobrevivientes de la matanza.
No podían llevar sino un pequeño maletín de ropa
La niña se acercó y le preguntó al funcionario de la Cruz Roja Internacional:
“¿Ud me deja llevar la pollita? Es que es un regalo…”
El hombre, con lágrimas en los ojos, le dijo: “Llévala”

La foto fue tomada en mayo de 1998, en el corregimiento de Puerto Alvira, en Mapiripán (Meta), durante el desplazamiento forzoso producido por el asesinato, lista en mano, de 18 campesinos, incluida una niña de 6 años y su familia.

Como ella, cada imagen de las víctimas de cada masacre, de cada emboscada, de cada ametrallamiento, con bombas caseras o con sofisticados bombarderos, en los pueblos, en los campos, en los montes, en los ríos, cometidos por guerrilleros, paramilitares, militares o policías, en fuego directo o cruzado, con intención o por error, como testimonio inocultable del horror que por casi 60 años permitimos, ejecutamos, ordenamos, padecimos, ignoramos o justificamos.

Las balas de las armas en manos de un mismo pueblo enfrentado, dejando un rastro infinito de sangre y lágrimas, de poblaciones destruidas y funerales en masa.

En medio, contra lo que quisieran sus victimarios, la gente levantándose, intentando por encima del dolor mantener hasta el final la esperanza, para poder fundar de nuevo la vida: un matrimonio llevándose a cabo en medio de las ruinas de un pueblo, un día después de una toma guerrillera; una nevera al hombro por entre la trocha, un colchón amarrado y los pocos animales que se puedan llevar.

Y al mismo tiempo, con la sombra de la muerte a cada paso y el rostro endurecido para enfrentar el día que vendrá… que no saben sí será ahí dónde el fotógrafo los vio o en otro lugar. Esperando haber huido por última vez y no como aquella niña -de otra foto- en la Comunidad de Paz de San José de Apartadó que llora entre las raíces de un árbol por no querer volver a huir, por cuarta vez, a sus nueve años de edad.

Con todo y lo que se esmera Jesús por evitar lo explícito en sus imágenes -“para no convocar el deseo de venganza sino buscar la reflexión y la empatía para no repetir esta tragedia”-, el dolor y la desazón se apodera de uno sin poder evitar ponerse en el lugar de los retratados, con las preguntas que gritan esa fotos a nuestra conciencia: ¿cómo pudimos llegar hasta allá?¿qué nos hizo tan indolentes, tan capaces de tanta monstruosidad?¿dónde estábamos que no tuvimos idea de la dimensión de este dolor?

Al final de la exposición, como un respiro, las imágenes del proceso de paz con las FARC y todos las afugias de su parto, que hasta en la antesala de su firma estuvo a punto de caer. Las manifestaciones, las movilizaciones de la tropa guerrillera, el referendo y las marchas para recuperar el Acuerdo.

Dejan las imágenes de El Testigo en uno la certeza de que esta guerra, como todas las guerras, no le da a ningún actor armado la oportunidad de tener la razón y mucho menos de tener bondad en sus acciones. La guerra como tal, se constituye en un ser que se posesiona de sus ejecutores poniéndolos en un baile, una borrachera sangrienta, que una vez acaba su redoble no puede nadie entender cómo llegó a hacerlo.

La exposición está montada en Bogotá, en el Claustro de San Agustín, en la esquina adyacente a la Casa de Nariño con un gran cartel en la fachada, de manera que el Presidente Duque y cada funcionario o particular que vaya a reunirse con él no pueda decir que no se enteró de este ejercicio de memoria, que más que recordar, nos cuenta, por primera vez a muchos, lo que fue realmente esta guerra.

El Testigo, tanto la exposición como el documental que se exhibe en cines, son una palmada en la cara para hacernos caer en cuenta de la tarea pendiente y un abrazo esperanzado, como esos cielos estrellados en los lugares que vieron los combates, como esas personas con  nombre y apellido que Jesús revisita pasa saber de sus vidas.

En estos tiempos, en que medio país insiste en creer que podemos mantener nuestro curso de inequidad, repitiendo enceguecidos que la paz es simplemente la entrega de los fusiles por parte de las guerrillas, que el nuestro es un relato de Caínes y Abeles, las fotos de Jesús Abad son las caras de las víctimas de esta guerra, la cara de la niña con su pollo sarabeado, mirándonos de frente, preguntándonos si ya hemos aprendido la lección y vamos a apagar finalmente este fuego o si necesitamos un nuevo ciclo de 20 años de violencia para volver a intentar ser un lugar digno para que la vida florezca.

Bogotá, octubre 2018

Platón, última hora  

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“Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Louise Glück

 

 

María Caicedo Muñoz, integrante de la Asociación de Mujeres Campesinas de Argelia, Cauca, había sido secuestrada por encapuchados armados. Los compañeros que la encontraron tras cuatro días de búsqueda en una orilla del río Micay tomaron una foto de su cuerpo enredado en las ramas, flotando boca abajo, como un testigo de su dolor, como una denuncia de tantas que de seguro no llegaría a interesarle a nadie más que a ellos y a la familia de María. La imagen fue divulgada por muchos -yo entre ellos- con ese mismo reclamo, pero no fue sino hasta que Gustavo Petro puso un trino de su cuenta dirigido al Presidente de la República que hubo fuerte interés mediático.

El escándalo, en contravía de lo que un observador externo podría pensar, no fue por el crimen, ni por la increíble cifra de líderes sociales asesinados, ni mucho menos por la pasividad de las autoridades ante estos hechos. Fue, en cambio, porque “Petro hacía un uso político de la imagen irrespetando las víctimas”. “Se puede decir lo mismo sin ser tan crudo, tan amarillista” dijeron los más moderados.

No se tomaba en cuenta que esta vez eran las víctimas las que denunciaban con la cámara de un celular su dolor; saltándose la barda moral de un tercero (el fotógrafo o el medio) llegaban directamente hasta nosotros, nuestra indolencia y nuestros prejuicios. Pero ¿fue el escándalo por la foto un asunto de ética o de moral acomodaticia?

 

Aproximarse a la verdad o la justicia de un hecho es un acto riesgoso, en el que quedar en el lugar equivocado es siempre la mayor posibilidad, más si tenemos presente que cuando la realidad se nos pone delante, inmediatamente intentaremos compararla con lo que ya conocemos para poder ponerle una etiqueta y clasificarla, describiendo esa realidad desde nuestra ideas ya aprendidas. “No vemos las cosas como son, las vemos como somos” afirma el Talmud con simple precisión.

Nuestras verdades aprendidas son cómodas rocas inmóviles de pensamiento que nos defienden del peligro de cuestionar los paradigmas en los que nos movemos, del riesgo de darnos cuenta que hemos vivido equivocados, que quizá alguien nos ha enseñado verdades que no son. Y que les hemos creído.

 

Mandamientos morales como el de no mostrar la víctima de un asesinato y hacerlo a través de elementos simbólicos tienen sentido en cuanto a que las familias de las víctimas no tienen que verse expuestas a una revictimización permanente de cuenta de la foto publicada. Y claro, nos exime a los demás de la ambigua sensación de placer morboso y repulsión por la violencia. Pero ¿debe ser esta autocensura del “muertos no” una regla absoluta?¿a quién más, además de los familiares y a nuestros escrúpulos le es funcional esta autocensura?

La foto fue publicada digitalmente por algunos medios –referida siempre al asunto de Petro- con una viñeta de desenfoque sobre el cuerpo de María. ¿cómo habría actuado este mandamiento de la prensa actual con fotos como las de la guerra de EEUU contra Vietnam? ¿Habrían desenfocado a Kim Phuc, la niña que corría desnuda quemada tras un bombardeo de napalm contra su pueblo?¿habrían omitido la foto del monje budista que se auto inmolaba incinerado o la del comisario que ejecuta con un revólver a un guerrillero en una calle de Saigón? ¿Su decisión habría sido por las víctimas, por nuestra sensibilidad o por la conveniencia de un poder que no gusta de que veamos lo que significa hacer la guerra?

 

Pero bueno, que no sea el cadáver de una persona, que tal vez es que nos hemos vuelto sensibles para nuestro bien. Digamos que son las imágenes de las multitudinarias marchas estudiantiles. ¿por qué es tan difícil conseguir de esas marchas en los medios masivos de información una imagen distinta al del encapuchado que grafitea una pared –siendo ellos la excepción y no la regla- mientras en las redes sociales y en los medios alternativos la nota predominante son las multitudes de muchachos y las palizas que el Esmad les propina?¿cuál es la razón que hace que valga más para la gran prensa la excepción de la pared rayada que la regla de la cantidad de gente o del abuso policial?¿nos quieren salvar de la disonancia cognitiva que nos puede ocurrir cuando nos enteremos un día de que las marchas son otra cosa distinta a la que nos han enseñado?

 

La verdad “verdadera” es siempre elusiva y tiene como mínimo tantos relatos como observadores o actores de la misma hayan. Hay que construirla desde las muchas opiniones posibles para tratar de entenderla en su promedio, con todo y las mentiras o equivocaciones que puedan contener esas opiniones.

En el futuro, eso que llamamos verdad hoy será tan absurdo como ahora nos resulta la idea de la Tierra plana. Esas verdades de hoy hablarán de lo que ha sido nuestra sociedad, tal y como lo hacen las manchas de un test Rorschach sobre quién es un paciente. Lo que él diga de las manchas no está en las manchas sino en su cabeza, en su corazón.

 

La comunicación digital y las redes de información de las que se vale, para bien y/o para mal, le han puesto fugas al sistema y en este ahora no es tan posible ser el dueño absoluto de la verdad, pues esta circula por canales que aún no han sido capturados del todo por el mismo sistema.

Los medios de comunicación masivos y sus caras, los periodistas estrella, propiedad y empleados respectivamente de conglomerados económicos, tienen hoy en las redes sociales y en los medios de comunicación alternativos, rivales de cuidado que les exigen constantemente con evidencia demoledora, imparcialidad informativa y compromiso con otras realidades y discursos, aunque estos no favorezcan a los dueños del balón.

 

Aunque vayamos por ahí a la manera de los platónicos que preferían la pureza de las ideas frente a la vulgaridad de la experiencia real, negándonos a aceptar la observación si esta contradice a las ideas “lógicas”, explicando de maneras creativas los hechos o incluso, a la manera de los fundamentalistas religiosos, pidiendo respeto para nuestra fe, igual las redes estarán ahí para controvertir nuestras creencias con pruebas.

Tal vez sea tiempo de, para no solo darle palo a Platón, buscar la manera de escapar de la caverna y las sombras que hemos creído la realidad, intentando no simplemente confirmar nuestras creencias o ganar una discusión para beneficio de nuestro ego sino tratar de entender una realidad para tranquilidad de la conciencia.

La Tierra no es plana como nos lo indica nuestra intuición incompleta sino redonda como lo muestran la observación más detallada y las imágenes que tenemos de ella. Claro, a menos que prefiramos ponerle un desenfoque a la foto para no herir susceptibilidades.

 

 

 

 

Y viceversa

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Tengo miedo de verte 
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte…

Mario Benedetti 1920 -2009, Uruguay

Esta estrofa del poema de Benedetti, Viceversa, con el que gente de muchas generaciones ha descrito sus sentimientos adolescentes (como son todos los enamoramientos, adolescentes) a la hora de un amor de resultado incierto y contradictorio, serviría también para describir esa desazón, esa alegría y ese susto ante las posibilidades que se juegan este domingo en la elección presidencial colombiana.

Como cualquier adolescente, Colombia enfrenta de nuevo un “por primera vez” en su camino político: por primera vez desde 1970 el país tiene la posibilidad cierta de escoger entre dos opciones verdaderamente opuestas en todo aspecto, en todo origen, en toda posibilidad. Claro, entonces se robaron las elecciones y la guerrilla que surgió de eso duró 20 años hasta que en 1991 terminó por crear una nueva Constitución.

Por primera vez desde 1964 –cuando se inició el conflicto armado que recién ahora hemos conseguido detener- el país enfrenta la posibilidad de una elección presidencial (casi) sin el ruido de las ametralladoras y las bombas en el ambiente y sin la posibilidad de ser señalados sus ciudadanos como terroristas, o auxiliadores de la subversión, pues la principal guerrilla ha entregado ya sus armas y se está reincorporando a la vida civil.

Por primera vez desde 1934, cuando Alfonso López Pumarejo realizó su Revolución en Marcha, el país tiene la posibilidad de hacer cambios de transición de su modelo social para tratar de remediar la desigualdad, germen de toda nuestra tragedia. Aunque esa esperanza fue combatida con ferocidad y terminó, años más tarde en el asesinato de Gaitán y el consiguiente incendio sangriento del país, llegando hoy, según la ONU en Colombia, a ser el tercer país más desigual del mundo.

 

Un lugar desconocido y -viceversa- conocido hasta la saciedad. Un adolescente de 200 años, que siente como una primera vez lo que ya ha vivido muchas veces, un conjunto humano al que su viejo lado de derechas le dice “no lo hagas, que son comunistas, ateos, come-niños, mata-curas, que te van a quitar todo y te van a volver homosexual” mientras su viejo lado de izquierdas le dice “hay que hacerlo pero tendremos que defenderlo a muerte” mientras sus partes más jóvenes sonríen y saltan esperando por los mínimos de educación gratuita y reconocimiento de diversidad que sus amigos extranjeros les dicen que son normales en otras partes.

 

No les faltan razones a ninguno, la verdad. Nadie en Colombia hasta hace solo 4 años (un parpadeo en la vida de una nación) había conocido este país como es ahora. Nuestra historia, inscrita dentro del concepto de la guerra perpetua de baja intensidad contra “el enemigo interno comunista”, extra sazonada ella con la distorsión del narcotráfico dueño de su propia guerra y su propia podredumbre, siempre fue una colección de horror desquiciado, hecha de héroes y villanos, de bombas y emboscadas, de desaparecidos, secuestrados, voladuras, asesinatos y contrasesinatos, de militares, paramilitares y subversivos –fusiles todos en fin- de pobreza general y opulencia localizada, de “sálvese quién pueda”, de “no digas eso”, de “deje así”, de “eso no se puede” y de “basta ya”. Todos infinitos, todos desesperanzados, todos a grito herido, a los putazos, pidiendo auxilio, desgarradores y lacerantes. Un país de sobrevivientes, en fin, que han hecho la vida como si nada ocurriera.

Y vienen a la cabeza Jorge Eliecer Gaitán, Carlos Pizarro, Luis Carlos Galán,   Álvaro Gómez, Jaime Pardo, Bernardo Jaramillo, candidatos presidenciales asesinados. Y cada concejal, diputado, senador, alcalde, campesino, soldado, guerrillero, policía, estudiante, cada hermano, cada padre y cada madre, de cada color, de cada estrato social, en el monte, en la ciudad, reventado(a)(os/as) en esta guerra eterna inmisericorde.

 

Tengo urgencia de oírte / alegría de oírte / buena suerte de oírte y temores de oírte  diría Benedetti a esta elección y uno repetiría con el corazón a toda velocidad y la boca seca, sin saber si esta vez es la vez, o si vamos a seguir ahí, dónde siempre hemos estado, sentados esperando un turno que nunca llega para un país decente para todos y no solo para los de siempre.

El domingo, de nuevo, todo está en juego, Colombia telenovela sin fin, Colombia “drama queen”, el viejo país, el nuevo país. Toda la región mirando a este, el último lugar de América con la guerra como lenguaje. La esperanza y el trauma, la memoria de lo no dicho, el dolor de lo vivido. ¿Insistir en ese modelo seguro e inútil que nos trajo hasta acá o intentar por fin una manera razonable y humana para quedar de una buena vez por fuera del siglo XIX?

 

¿Podremos? ¿querremos?¿nos dejarán?¿sonarán, seguirán de nuevo los tiros?

o sea 
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

 

Bogotá, 15 de junio de 2018, 50 años cumplidos

 

Nosotros, el cambio

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Si tiene usted más de 40, viene de un mundo distinto a este. Un mundo en el que tal vez había una quebrada cerca de la casa, donde pasaba horas de baño y pesca de chocas; un mundo de camino al colegio a pie y lonchera de manos de mamá; del tiempo de un solo canal de televisión, solo unas horas al día; de almuerzo en casa, de casa sin carro ni teléfono; del tiempo de los ‘marconis’ y los amigos de barrio… No importa cuál sea su edad, estoy seguro que viene de un mundo distinto. No lo digo por la nostalgia, que sé bien que las cosas cambian, sino por ello mismo, porque las cosas cambian. El cambio es lo único constante, dicen los paradójicos.

Hace 70 años, Europa se destrozaba intestinamente, hace 60 fumar era saludable, y hace 50 las computadoras eran grandes habitaciones recalentadas con tarjetas perforadas. En la lista pueden ir la droga, el internet, el homosexualismo, los divorcios o los celulares… Escoja usted lo que quiera, objeto, nación o sentimiento y todo cambia, nacen cosas, mueren otras.

¿Por qué, si todo cambia, nos da por creer que “ahora” es para siempre?, ¿de dónde nos da por pensar que como es ahora ha sido siempre y será hasta el fin del tiempo?

Hay quizás en nuestro cerebro, ese que nos hace creer tan engreídamente la cima de la evolución, los reyes de la creación, un departamento que manda sobre todos, el de la comodidad, el del “deje así, que así estamos bien”. Pero no estamos bien. No lo estamos, ni siquiera si en el “estamos” incluimos solo a nuestro mínimo entorno familiar.

Los imposibles pueblan nuestro entender. Los “nunca”, los “siempre” y los “jamás”, como si los términos absolutos tuvieran algún sentido en un tiempo que transcurre, en un mundo que se mueve. Ni un insecto en ámbar tiene esa posibilidad. Nunca se moverá (aunque no falte el genetista que tiene una idea distinta), pero alguna vez lo hizo.

“La guerra es inherente al ser humano”, le escuché decir a uno muy estudiado, como si por mis venas circulara un gen indestructible y fatalista, inevitable y omnipotente. Como si la muerte y la destrucción del otro fueran la única posibilidad de mundo. Como si no nos fuera por dentro la posibilidad de imaginar y de crear otro estado de las cosas.

“Es que eso es imposible”, dicen algunos escépticos; “jamás lo permitiré (án)”, dicen algunos más convencidos. “Nunca se ha hecho”, balbucean los más atrevidos. La realidad adquiere la dimensión de una montaña, gigantesca e infranqueable. Colombia, país de deslizamientos y derrumbes, físicos y políticos, debiera saber de más que, como nos lo mostraron Mocoa y Manizales, por mencionar dos recientes, un poco de agua puede licuar una montaña.

¿Que no es posible, que no hay piedad, ni solidaridad? Mire de nuevo, que tal vez la frase tiene un problema. Tal vez sí hay razón en el escepticismo del predicado, pero hay una equivocación en el sujeto. No es que no “haya” (tercera persona indefinido) sino que “no hay en mi” (primera del singular). No es externa la responsabilidad del estado de las cosas. No es alguien indefinido el que no permite que pasen las cosas, un ente invisible que llamas Estado, imperio o sociedad, no. Es el “yo” que no puede, que no quiere, que no se atreve. Un yo que solo se une contra el ustedes. Es el yo, ese que se niega a ser nosotros, ese que se resigna al statu quo, el que impide que las cosas se modifiquen. Un yo que no se reconoce con facilidad en el otro, en lo otro. Un gesto, una intención convertida en acto puede cambiar al mundo, cambiar una administración, un estado de las cosas. Y no es magia, es contagio.

Por estos días, en que se ha puesto en el radar público el tema del dios, pienso que si hay un dios no está afuera nuestro, dirigiendo nuestro destino, sino que reside en nosotros, en nuestra decisión para actuar para transformar, pues la realidad, sus causas y sus consecuencias pasan por nosotros.

Bogotá, mayo 2017

IG @cantarranasur / Tw @nelsoncardena

Una mirada desde la quebrada